Siempre recordaré aquel momento… El duelo invisible de perder la salud
Siempre me acordaré del momento. Hay días que se graban en la memoria no por su luz, sino por la sombra que proyectan hacia el futuro. El mío empezó con un mensaje en el teléfono: Quiero comentarte una cosa, pero NO por teléfono. ¿hoy terminas tarde? ¿nos vemos luego?…
En ese preciso instante, se me encogió el estómago. Hay silencios que gritan y palabras que, por lo que callan, ya lo dicen todo. Algo no iba bien. Muchas veces las intuiciones a veces son un peso en el pecho antes de convertirse en realidad.
Cafetería de siempre, rincón de siempre. Ella sostenía la taza de café entre las manos, no para beber, sino buscando un calor que su cuerpo parecía haber perdido.
Miró de reojo, respiró hondo y soltó la frase que lo congeló todo:
“Siempre me acordaré del día en el que me dieron el diagnóstico” dijo.
En sus ojos no había ni una lágrima, había desconcierto. Me contó cómo el mundo seguía girando con insultante normalidad al salir de la consulta médica, la voz de Josefina, la médico que le dio los resultados, se repetía como en una caja de resonancia, una y otra vez mientras atravesaba los pasillos del hospital, el parking…su mundo interior se había agrietado por completo. Sus últimas palabras, “si tienes alguna duda, dímelo” … alguna duda, “SOY UNA DUDA”, en estos momentos soy toda una duda..En cinco minutos, la médico había dibujado un mapa de su vida totalmente desconocido. Su cuerpo, ese compañero silencioso que hasta ayer respondía sin protestar, ahora tenía reglas nuevas, limitaciones y un nombre clínico difícil de pronunciar.
El dolor de lo que ya no será
Escuchándola, entendí algo profundo y doloroso. Cuando pensamos en el duelo, la mente viaja automáticamente a la muerte física de alguien. Nos han enseñado a llorar a los que se van, pero nadie nos prepara para llorar lo que se va de nosotros mismos estando vivos.
Aquella tarde comprendí que mi amiga estaba entrando en un duelo absoluto: el duelo por la pérdida de su salud.
Es una tristeza extraña. Es el dolor de despedirse de la persona que eras hace apenas una semana. Es decirle adiós a la vitalidad espontánea, a los planes a largo plazo sin asteriscos, a la confianza ciega en tus propias fuerzas. Tus expectativas se disipan. Ya no decides tú.
Ese diagnóstico es un intruso que entra en tu vida y , a partir de ahora, toma las decisiones por ti (así me lo describió un primo mío)
Un duelo que se vive a oscuras
Lo más cruel de este proceso es que es un duelo no permitido. Nuestras amistades, nuestra familia, no sabe muy bien qué hacer con los enfermos crónicos o con quienes reciben un diagnóstico que les cambia la vida. El entorno suele reaccionar con un optimismo impositivo: “Tienes que ser fuerte”, “Verás como todo sale bien”, “Podría ser peor”.
Esas frases, aunque nacen del cariño, funcionan como muros. Invalidan el dolor. Le dicen a la persona que no tiene derecho a estar rota, que debe saltarse la tristeza e ir directo a la superación. Pero la salud no es un resfriado que se cura con actitud; es una pérdida que requiere un proceso de asimilación.
Mi amiga no necesitaba que le dijera que «todo saldría bien» porque ninguna de las dos lo sabía, ni ella ni yo.
Necesitaba que validara que era una soberana injusticia.
Necesitaba permiso para asustarse, para enfadarse con el universo y para llorar a la persona saludable que se había quedado atrás en ese despacho con Josefina.
Aprender a convivir con esa nueva realidad, habitar el nuevo cuerpo
Hacer este duelo no es rendirse; es todo lo contrario. Es el acto de valentía de mirar los trozos rotos de tu rutina y empezar a encajarlos de otra manera. Es transitar la rabia, la negociación con la nueva realidad y la tristeza profunda, para poder llegar, algún día, a una aceptación que no es resignación, sino tregua.
Aquel café se enfrió en la mesa, pero entre nosotras se encendió un espacio de refugio, han sido muchos más cafés juntas. En todo este tiempo me he demostrado que era cierto lo que había aprendido, que acompañar en la pérdida de salud no es buscar soluciones médicas que no me corresponden, sino sostener la mano de quien camina con niebla o a oscuras por su nuevo mapa.
Si eres “la parte amiga”, no te alejes, muestra un interés genuino, acompáñala en su proceso, no es necesario decir nada, simplemente escucha y juntas dejar enfriar ese café contemplando un paisaje, una taza, un florero.
Si, por el contrario, estás pasando por esto, si recuerdas cada segundo del día de tu diagnóstico como el corte limpio de una tijera en tu biografía, quiero decirte algo: tienes derecho a llorarte. Tienes derecho a echarte de menos. Tu dolor es real, tu pérdida es legítima y mereces el tiempo y el espacio para aprender a vivir de nuevo.
¡Un beso enorme y hasta pronto!