Buba y Nia: una historia para entender y mejorar la autoestima.

En la inmensa sabana africana, donde el sol dora la hierba y la lluvia limpia la tierra, vivía Buba, un hermoso y robusto elefante. A pesar de su imponente fuerza física, Buba caminaba siempre con la mirada baja. Se sentía torpe, lento y asustado por las críticas que le hacían los demás animales.

Un día de tormenta, mientras los truenos resonaban, Buba se refugió bajo una acacia. Allí conoció a Nia, una pequeña mariposa de alas coloridas. A pesar del vendaval, Nia se posaba firme en una hoja, transmitiendo una gran seguridad.

¿No tienes miedo de que el viento te destruya?- preguntó Buba con voz temblorosa—. Eres tan pequeña…
No importa que sea pequeña, aprendí a mover mis alas y a sortear los vientos.
¿Y nunca te caes?
Sí, alguna vez y entonces me levanto.
Y si te han visto caer, ¿no te critican otros animales? A mí todo el mundo me critica y siento que no valgo nada, soy tan enorme….

Nia voló hacia su trompa y lo miró frente a frente, a los ojos.

-El viento sacude mis alas, Buba, pero no mi valor. Lo que tú sufres no es por tu tamaño, es por tu autoestima.

¿Autoestima? ¿Qué es eso? —preguntó el elefante.

La autoestima —explicó Nia, batiendo sus alas de colores con elegancia— es el valor y el aprecio que te das a ti mismo. No depende de lo que digan los leones ni de las burlas de las hienas. Es la verdad que tú decides creer sobre quién eres. Es tu brújula interna y que dirige todos tus pensamientos, creencias y acciones.

Buba la escuchaba atento mientras la lluvia cesaba y el sol de la tarde empezaba a brillar, creando un arcoíris.

Para entenderla, debes mirar sus tres pilares – continuó la mariposa:

  1. El Autoconcepto (Lo que piensas de ti): ¿Qué te dices cuando te miras en el reflejo del río? Si solo ves defectos, tu mente se lo creerá.
  2. La Autoaceptación (Lo que abrazas de ti): Significa aceptar tus patas pesadas y tus orejas grandes. Son tu naturaleza, no un error.
  3. La Autoconfianza (Lo que crees capaz de hacer): Es la seguridad de que puedes cruzar el desierto o encontrar agua, confiando en tus propias habilidades.

Buba, se sintió abatido sin entender muy bien las palabras de Nia, hizo por alejarse…

De acuerdo Nia, gracias por tus palabras, ha sido un placer conocerte…
Buba, Buba- gritó Nia mientras aleteaba con energía.

El elefante suspiró, haciendo crujir las ramas secas. – Nia, ¿qué quieres ahora?

¿Sólo quiero saber si vas a hacer algo por mejorar tu autoestima? Dijo Nia mientras se mantenía frente a la cara de Buba.

¿Y qué puedo hacer yo? Toda mi familia somos así… sentimos así, además ya soy muy mayor.

No hay edad límite para trabajar la autoestima, y tampoco se hereda, ni la alta, ni la baja. Cierto es que imitamos los patrones que tenemos a nuestro alrededor y creemos que son los únicos incluso los mejores. Pero, Buba, la autoestima se entrena como un músculo -respondió Nia de forma entusiasta-. Y siguió: tienes que trabajarla a diario:

  • Habla contigo con amabilidad: sustituye el «soy torpe» por «estoy aprendiendo».
  • Celebra tus pequeños logros: cada paso que das en la sabana, cada árbol que ayudas a plantar, cuenta.
  • Cuida tus necesidades: descansa cuando estés cansado y aliméntate bien. Tu cuerpo es tu templo.

El sol ya se ocultaba, tiñendo el cielo de un color rojizo africano. Buba asimilaba cada palabra, pero le asaltó una última duda: —¿Y cómo evito que los demás me hagan sentir mal otra vez y dañen mi autoestima?

Nia, se elevó un poco y sentenció con mucha firmeza: Para proteger tu paz, debes construir un escudo invisible y evitar tres trampas mortales:

  • Evita la comparación: la jirafa es alta, el guepardo es rápido, pero tú eres fuerte. La comparación es el ladrón de la felicidad.
  • Evita los entornos tóxicos: aléjate de los animales que solo critican y no construyen. Pon límites claros. tu espacio es sagrado. Enséñales a ser mejores o aléjate de ellos.
  • Evita buscar la aprobación eterna: si vives para complacer a toda la manada, te olvidarás de complacerte a ti mismo.

Buba se acercó a una charca cristalina. Por primera vez en años, levantó la cabeza, extendió sus enormes orejas y se miró fijamente. Ya no vio a un animal defectuoso; vio fuerza, dignidad y nobleza.

Nia voló hacia el horizonte dorado, sabiendo que su trabajo estaba hecho.

Moraleja: No importa si eres tan grande como un elefante o tan pequeño como una mariposa: el valor de tu vida no lo determina el tamaño de tu cuerpo ni la opinión del resto del mundo, sino el amor y el respeto con el que decidas mirarte a ti mismo.

¡Hasta pronto!