Admiración: ese ingrediente secreto que sostiene a la pareja

¿Qué es lo que realmente mantiene unida a una pareja a lo largo de los años? Más allá del compromiso, la rutina y el afecto diario, existe un motor silencioso, sumamente poderoso: la admiración mutua.

Mirar a la persona que comparte tu vida y sentir un profundo respeto por quién es, cómo piensa o cómo afronta el mundo es el verdadero pegamento de las relaciones sanas.

La admiración es seguir viendo a la otra persona como “alguien valioso” alguien a quien eliges, aunque exista el conflicto. Alguien a quien te gusta escuchar y acompañarle en “su sentir”

El peligro de la «lupa de control»: ver el error y obviar el esfuerzo

En el día a día es sumamente fácil caer en una trampa psicológica: la de juzgar a tu pareja bajo tu subjetiva mirada. Muchas veces de modo inconsciente, Queremos que la otra persona actúe, organice, hable o resuelva los problemas exactamente de la misma manera en que lo haríamos nosotros.

Cuando esto ocurre, activamos una especie de «lupa de control» con la que solo vemos lo que la otra persona NO hace como queremos que lo haga, aunque esté bien hecho.

  • Ignoramos sus propios métodos.
  • Minimizamos sus esfuerzos cotidianos.
  • Creamos reproches basados en nuestras propias expectativas.

Amar de forma madura exige el esfuerzo consciente de cambiar el enfoque. Se trata de bajar la guardia y aprender a valorar lo que la otra persona sí hace, reconociendo que su manera de aportar a la relación es distinta a la tuya, pero igualmente válida y valiosa.

La admiración en la pareja no debe ser un sentimiento extraordinario, debe ser principalmente algo que nos acompaña en el día a día, algo rutinario.

La lección de La La Land: El arte de impulsar los sueños del otro

El cine nos ha dejado grandes retratos sobre cómo la admiración puede convertirse en el faro de una relación, independientemente de la orientación sexual o la identidad de las personas implicadas. Un ejemplo muy contemporáneo lo encontramos en la película “La ciudad de las estrellas: La La Land” (Damien Chazelle-2016).

A lo largo de la historia, la conexión entre sus protagonistas no se basa únicamente en la atracción física, sino en la fascinación que sienten por el talento y la pasión del otro. Hay un momento crucial en el que ella está a punto de rendirse y abandonar su carrera artística. Es él quien, movido por una sana admiración hacia su talento, la impulsa a presentarse a la audición que cambiará su vida.

Admirar a tu pareja significa precisamente eso: ser la persona que le recuerda su valor y su potencial cuando el mundo (o ella misma) lo pone en duda.

Tres claves para ejercitar la admiración en tu día a día

La admiración no es una emoción pasiva; se puede entrenar activamente mediante pequeños cambios de perspectiva:

  1. Valora la diferencia
    Si tu pareja gestiona el estrés, ordena la casa o se comunica de forma distinta a ti, no significa que lo haga mal. Aprende a ver la riqueza de sus propios métodos.
  2. Expresa el reconocimiento
    No asumas que tu pareja «ya sabe» lo que te gusta de ella. Díselo, dile, “me encanta tu paciencia”, “has hecho un buen trabajo”, “ayer me gustó mucho estar a tu lado cuando…”
  3. Observa a tu pareja cuando interactúa en otros escenarios
    Con amigos, cuando trabaja o cuando se dedica a un pasatiempo. Verla brillar de forma independiente te ayudará a recordar por qué te enamoraste en primer lugar.

El amor que perdura es aquel que sustituye la exigencia de la perfección por la práctica del reconocimiento. Quitar el foco de lo que falta y ponerlo en lo que abunda es el acto de generosidad más grande que puedes ofrecerle a la persona que tienes cerca.

Cuando dejamos de admirar, la relación empieza a desgastarse. Por eso, redescubrir ese brillo en los ojos de tu compañero o compañera de vida, no es cuestión de suerte; es una elección diaria.

Te dejo un enlace a la canción “Contigo aprendí”. Ha sido muchas veces versionada, pero esta versión de TRÍO DE MAR me parece muy fresca y alegre, digna de admiración.

¡Hasta muy pronto!




Buba y Nia: una historia para entender y mejorar la autoestima.

En la inmensa sabana africana, donde el sol dora la hierba y la lluvia limpia la tierra, vivía Buba, un hermoso y robusto elefante. A pesar de su imponente fuerza física, Buba caminaba siempre con la mirada baja. Se sentía torpe, lento y asustado por las críticas que le hacían los demás animales.

Un día de tormenta, mientras los truenos resonaban, Buba se refugió bajo una acacia. Allí conoció a Nia, una pequeña mariposa de alas coloridas. A pesar del vendaval, Nia se posaba firme en una hoja, transmitiendo una gran seguridad.

¿No tienes miedo de que el viento te destruya?- preguntó Buba con voz temblorosa—. Eres tan pequeña…
No importa que sea pequeña, aprendí a mover mis alas y a sortear los vientos.
¿Y nunca te caes?
Sí, alguna vez y entonces me levanto.
Y si te han visto caer, ¿no te critican otros animales? A mí todo el mundo me critica y siento que no valgo nada, soy tan enorme….

Nia voló hacia su trompa y lo miró frente a frente, a los ojos.

-El viento sacude mis alas, Buba, pero no mi valor. Lo que tú sufres no es por tu tamaño, es por tu autoestima.

¿Autoestima? ¿Qué es eso? —preguntó el elefante.

La autoestima —explicó Nia, batiendo sus alas de colores con elegancia— es el valor y el aprecio que te das a ti mismo. No depende de lo que digan los leones ni de las burlas de las hienas. Es la verdad que tú decides creer sobre quién eres. Es tu brújula interna y que dirige todos tus pensamientos, creencias y acciones.

Buba la escuchaba atento mientras la lluvia cesaba y el sol de la tarde empezaba a brillar, creando un arcoíris.

Para entenderla, debes mirar sus tres pilares – continuó la mariposa:

  1. El Autoconcepto (Lo que piensas de ti): ¿Qué te dices cuando te miras en el reflejo del río? Si solo ves defectos, tu mente se lo creerá.
  2. La Autoaceptación (Lo que abrazas de ti): Significa aceptar tus patas pesadas y tus orejas grandes. Son tu naturaleza, no un error.
  3. La Autoconfianza (Lo que crees capaz de hacer): Es la seguridad de que puedes cruzar el desierto o encontrar agua, confiando en tus propias habilidades.

Buba, se sintió abatido sin entender muy bien las palabras de Nia, hizo por alejarse…

De acuerdo Nia, gracias por tus palabras, ha sido un placer conocerte…
Buba, Buba- gritó Nia mientras aleteaba con energía.

El elefante suspiró, haciendo crujir las ramas secas. – Nia, ¿qué quieres ahora?

¿Sólo quiero saber si vas a hacer algo por mejorar tu autoestima? Dijo Nia mientras se mantenía frente a la cara de Buba.

¿Y qué puedo hacer yo? Toda mi familia somos así… sentimos así, además ya soy muy mayor.

No hay edad límite para trabajar la autoestima, y tampoco se hereda, ni la alta, ni la baja. Cierto es que imitamos los patrones que tenemos a nuestro alrededor y creemos que son los únicos incluso los mejores. Pero, Buba, la autoestima se entrena como un músculo -respondió Nia de forma entusiasta-. Y siguió: tienes que trabajarla a diario:

  • Habla contigo con amabilidad: sustituye el «soy torpe» por «estoy aprendiendo».
  • Celebra tus pequeños logros: cada paso que das en la sabana, cada árbol que ayudas a plantar, cuenta.
  • Cuida tus necesidades: descansa cuando estés cansado y aliméntate bien. Tu cuerpo es tu templo.

El sol ya se ocultaba, tiñendo el cielo de un color rojizo africano. Buba asimilaba cada palabra, pero le asaltó una última duda: —¿Y cómo evito que los demás me hagan sentir mal otra vez y dañen mi autoestima?

Nia, se elevó un poco y sentenció con mucha firmeza: Para proteger tu paz, debes construir un escudo invisible y evitar tres trampas mortales:

  • Evita la comparación: la jirafa es alta, el guepardo es rápido, pero tú eres fuerte. La comparación es el ladrón de la felicidad.
  • Evita los entornos tóxicos: aléjate de los animales que solo critican y no construyen. Pon límites claros. tu espacio es sagrado. Enséñales a ser mejores o aléjate de ellos.
  • Evita buscar la aprobación eterna: si vives para complacer a toda la manada, te olvidarás de complacerte a ti mismo.

Buba se acercó a una charca cristalina. Por primera vez en años, levantó la cabeza, extendió sus enormes orejas y se miró fijamente. Ya no vio a un animal defectuoso; vio fuerza, dignidad y nobleza.

Nia voló hacia el horizonte dorado, sabiendo que su trabajo estaba hecho.

Moraleja: No importa si eres tan grande como un elefante o tan pequeño como una mariposa: el valor de tu vida no lo determina el tamaño de tu cuerpo ni la opinión del resto del mundo, sino el amor y el respeto con el que decidas mirarte a ti mismo.

¡Hasta pronto!




Siempre recordaré aquel momento… El duelo invisible de perder la salud

Siempre me acordaré del momento. Hay días que se graban en la memoria no por su luz, sino por la sombra que proyectan hacia el futuro. El mío empezó con un mensaje en el teléfono: Quiero comentarte una cosa, pero NO por teléfono. ¿hoy terminas tarde? ¿nos vemos luego?…

En ese preciso instante, se me encogió el estómago. Hay silencios que gritan y palabras que, por lo que callan, ya lo dicen todo. Algo no iba bien. Muchas veces las intuiciones a veces son un peso en el pecho antes de convertirse en realidad.

Cafetería de siempre, rincón de siempre. Ella sostenía la taza de café entre las manos, no para beber, sino buscando un calor que su cuerpo parecía haber perdido.

Miró de reojo, respiró hondo y soltó la frase que lo congeló todo:

“Siempre me acordaré del día en el que me dieron el diagnóstico” dijo.

En sus ojos no había ni una lágrima, había desconcierto. Me contó cómo el mundo seguía girando con insultante normalidad al salir de la consulta médica, la voz de Josefina, la médico que le dio los resultados, se repetía como en una caja de resonancia, una y otra vez mientras atravesaba los pasillos del hospital, el parking…su mundo interior se había agrietado por completo. Sus últimas palabras, “si tienes alguna duda, dímelo” … alguna duda, “SOY UNA DUDA”, en estos momentos soy toda una duda..En cinco minutos, la médico había dibujado un mapa de su vida totalmente desconocido. Su cuerpo, ese compañero silencioso que hasta ayer respondía sin protestar, ahora tenía reglas nuevas, limitaciones y un nombre clínico difícil de pronunciar.

El dolor de lo que ya no será

Escuchándola, entendí algo profundo y doloroso. Cuando pensamos en el duelo, la mente viaja automáticamente a la muerte física de alguien. Nos han enseñado a llorar a los que se van, pero nadie nos prepara para llorar lo que se va de nosotros mismos estando vivos.
Aquella tarde comprendí que mi amiga estaba entrando en un duelo absoluto: el duelo por la pérdida de su salud.
Es una tristeza extraña. Es el dolor de despedirse de la persona que eras hace apenas una semana. Es decirle adiós a la vitalidad espontánea, a los planes a largo plazo sin asteriscos, a la confianza ciega en tus propias fuerzas. Tus expectativas se disipan. Ya no decides tú.
Ese diagnóstico es un intruso que entra en tu vida y , a partir de ahora, toma las decisiones por ti (así me lo describió un primo mío)

Un duelo que se vive a oscuras

Lo más cruel de este proceso es que es un duelo no permitido. Nuestras amistades, nuestra familia, no sabe muy bien qué hacer con los enfermos crónicos o con quienes reciben un diagnóstico que les cambia la vida. El entorno suele reaccionar con un optimismo impositivo: “Tienes que ser fuerte”, “Verás como todo sale bien”, “Podría ser peor”.

Esas frases, aunque nacen del cariño, funcionan como muros. Invalidan el dolor. Le dicen a la persona que no tiene derecho a estar rota, que debe saltarse la tristeza e ir directo a la superación. Pero la salud no es un resfriado que se cura con actitud; es una pérdida que requiere un proceso de asimilación.

Mi amiga no necesitaba que le dijera que «todo saldría bien» porque ninguna de las dos lo sabía, ni ella ni yo.
Necesitaba que validara que era una soberana injusticia.
Necesitaba permiso para asustarse, para enfadarse con el universo y para llorar a la persona saludable que se había quedado atrás en ese despacho con Josefina.

Aprender a convivir con esa nueva realidad, habitar el nuevo cuerpo

Hacer este duelo no es rendirse; es todo lo contrario. Es el acto de valentía de mirar los trozos rotos de tu rutina y empezar a encajarlos de otra manera. Es transitar la rabia, la negociación con la nueva realidad y la tristeza profunda, para poder llegar, algún día, a una aceptación que no es resignación, sino tregua.

Aquel café se enfrió en la mesa, pero entre nosotras se encendió un espacio de refugio, han sido muchos más cafés juntas. En todo este tiempo me he demostrado que era cierto lo que había aprendido, que acompañar en la pérdida de salud no es buscar soluciones médicas que no me corresponden, sino sostener la mano de quien camina con niebla o a oscuras por su nuevo mapa.

Si eres “la parte amiga”, no te alejes, muestra un interés genuino, acompáñala en su proceso, no es necesario decir nada, simplemente escucha y juntas dejar enfriar ese café contemplando un paisaje, una taza, un florero.

Si, por el contrario, estás pasando por esto, si recuerdas cada segundo del día de tu diagnóstico como el corte limpio de una tijera en tu biografía, quiero decirte algo: tienes derecho a llorarte. Tienes derecho a echarte de menos. Tu dolor es real, tu pérdida es legítima y mereces el tiempo y el espacio para aprender a vivir de nuevo.

¡Un beso enorme y hasta pronto!




Duelo no consentido: “Cuando nadie entiende”.

El duelo perinatal. Una conversación especial, en consulta

Madre: No sé cómo explicarlo ya. Todo el mundo me dice que soy joven, que tengo dos hijos maravillosos, que la vida sigue. Pero… ¿cómo se sigue cuando una vida que estaba dentro de ti deja de latir sin avisar?

No tienes que explicarlo para que te entiendan. Tienes que explicarlo para que tú puedas respirar un poco más hondo. Estoy aquí para escucharte, sin prisa.

Madre: Era una niña. La deseábamos tanto… todo iba bien. Cada ecografía, cada latido… y de repente, un día, silencio. Ese silencio que se te mete en el cuerpo y no se va. Y yo sigo preguntándome qué hice mal. Qué no vi. Qué no supe proteger.

Ese sentimiento de culpa es muy común en el duelo perinatal, pero no es justo contigo. No hiciste nada mal. No fallaste. El cuerpo a veces guarda misterios que ni la medicina puede explicar. Y eso duele porque te deja sin respuestas. ¿qué nombre habíais elegido para tu hija?

Madre: Elena. La llamábamos Elena.

Permitimos que el silencio sea el protagonista durante unos segundos que parecen horas… y ambas bebemos agua. Yo medio vaso, ella sólo dos sorbos.

Madre: Mi pareja ya me ha dicho que por qué sigo triste. Que ya han pasado semanas. Que tengo que “centrarme en lo que sí tengo”. Y yo lo intento, de verdad que lo intento. Pero no puedo. Me siento incomprendida. Como si mi dolor molestara.

– Y tú, a ti, te molesta este dolor?

Madre: no es una emoción cómoda, desde luego….
-Tu dolor no molesta. Tu dolor existe. Y merece espacio. El duelo perinatal es un duelo no consentido muchas veces: la gente quiere que pases página rápido porque no saben cómo acompañarte. Pero tú no tienes que acelerar nada. El ritmo lo marcas tú y será válido, yo sólo te acompañaré sin empujarte.

Madre: He ido a médicos, psicólogos, terapeutas alternativos… a todo lo que he podido. Necesito entender qué pasó. Necesito una explicación que me devuelva la calma. Pero nadie me la da. Y mientras tanto, yo me pierdo. Ya no disfruto nada. No me ilusiona nada. Estoy obsesionada con esto.

Buscar respuestas es humano. Pero también puede convertirse en una trampa cuando las respuestas no existen. Lo que sí podemos trabajar juntas es cómo sostener la incertidumbre sin que te destruya. Cómo convivir con lo que no se puede explicar.

Madre: ¿Y cómo se hace eso? Porque yo no sé. No sé salir de esta encrucijada. No sé cómo volver a ser yo.
No vas a volver a ser la de antes. (Silencio y ambas bebemos agua de nuevo….)
Vas a ser una versión nueva, más consciente, más fuerte, más compasiva contigo misma. Pero para llegar ahí, necesitas herramientas. Y yo puedo ayudarte a construirlas.

Madre: Dime cuáles… por favor.
Vamos paso a paso.

  1. Para la ansiedad:
    Practicaremos respiraciones que bajan la activación fisiológica.
    Te enseñaré a identificar cuándo tu mente empieza a anticipar catástrofes.
    Trabajaremos en anclarte al presente, no al “¿y si…?”.
  2. Para la tristeza:
    No vamos a eliminarla. Vamos a darle un lugar seguro.
    Aprenderás a diferenciar tristeza de culpa, porque no son lo mismo.
    Te acompañaré a crear rituales de despedida que te permitan honrar a tu hija sin quedarte atrapada en el dolor.
  3. Para la positividad, que nunca ha sido tu fuerte:
    No vamos a forzar el optimismo.
    Vamos a construir micro-momentos de alivio: cosas pequeñas que te devuelvan un milímetro de luz cada día.
    Te enseñaré a reconocer tus recursos internos, que ahora están escondidos bajo la pena.

Madre: ¿De verdad crees que puedo salir de esto?
– No solo creo que puedes. Sé que puedes. No porque “seas joven”, ni porque “tengas otros hijos”, ni porque “la vida siga”. Sino porque estás aquí, hablando, buscando ayuda, intentando entenderte. Eso es fortaleza. Aunque ahora no lo veas.

Madre: Me da miedo que la gente piense que soy victimista.
No eres victimista. Eres una madre en duelo. Y el duelo no es un papel que se interpreta, es una herida que se atraviesa. Y tú la estás atravesando con una valentía que quizá nadie te reconoce, pero yo sí la veo.

Madre: Gracias… necesitaba que alguien me dijera que no estoy exagerando.
No estás exagerando. Estás viviendo una pérdida profunda. Y vamos a trabajar juntas para que puedas respirar sin que duela tanto. Para que puedas volver a mirar el futuro sin miedo. Para que puedas recordar a tu hija sin romperte.

¿Puedo darte otro abrazo largo? ¿Te vendría bien?

Madre: por supuesto…. Lo necesito.
Nos fundimos en un abrazo y agendamos nuestro nuevo encuentro.

¡¡Hasta pronto!!




¿Cuándo acudir a consulta psicológica de pareja? 7 señales que no conviene ignorar

Hablar de la pareja siempre me pone en alerta: es donde más nos jugamos la intimidad, la rutina y las expectativas. Si estás leyendo esto es porque te interesa el tema o porque, como me ha pasado a mí alguna vez, he pasado por momentos en los que me pregunté si lo que vivíamos era “normal” o si ya era hora de pedir ayuda profesional.

Te destaco estas siete señales porque son las que me ayudaron en mi reflexión.

1. Distanciamiento emocional persistente

Sentimiento de que ya no compartimos lo que antes; las conversaciones se limitan a lo práctico y evitamos hablar de lo que importa. Cuando la cercanía se convierte en convivencia paralela —cada uno en su mundo—, la relación pierde su tejido afectivo. Si llevas semanas o meses con esa sensación, es una señal clara de que algo necesita atención.

2. Discusiones repetitivas que no llevan a nada

Discutimos siempre por lo mismo: las mismas palabras, los mismos reproches, las mismas heridas. Salimos de la pelea y, al poco, vuelve a ocurrir. Cuando las discusiones se convierten en un bucle sin resolución, el conflicto no es solo sobre el tema puntual: hay patrones de comunicación que conviene revisar.

3. Falta de deseo de resolver o evitación del conflicto

He notado que uno o ambos preferimos no tocar ciertos temas por miedo a la reacción o por cansancio. Evitar hablar “para no pelear” puede parecer una solución temporal, pero a la larga alimenta resentimiento. Si la evitación es la norma, la terapia puede enseñar a abordar lo difícil sin destruir lo que queda.

4. Pérdida de deseo sexual o cambios importantes en la intimidad

La sexualidad cambia a lo largo de la relación, pero cuando la falta de deseo o la fricción en la intimidad generan distancia y malestar persistente, es una señal de alarma. No siempre es un problema “solo sexual”: suele estar conectado con emociones, estrés, salud o comunicación.

5. Infidelidad, secretos o rupturas de confianza

Si ha habido una traición o secretos que han salido a la luz, la confianza queda dañada. La terapia ofrece un espacio seguro para entender lo que pasó, gestionar el dolor y decidir si y cómo reconstruir la relación.

6. Cambios vitales que desestabilizan la relación

Mudanzas, pérdida de empleo, enfermedad, nacimiento de una hija, un hijo…, cambios de identidad o de proyecto vital: todo eso puede desbordar la capacidad de la pareja para adaptarse. Cuando uno o ambos se sienten desbordados y la relación empieza a resentirse, pedir ayuda externa puede facilitar la transición.

7. Pensamientos recurrentes sobre separarnos o “no saber qué hacer”

Si me sorprendo pensando con frecuencia en la separación, en “si esto tiene arreglo” o en buscar otra vida, es una señal de que la relación está en crisis. No significa que la separación sea la única salida, pero sí que hay un malestar profundo que merece ser explorado con una persona experta antes de tomar decisiones definitivas.

¿Por qué acudir a consulta psicológica de pareja?

La consulta psicológica de pareja no es solo para “casos extremos”. Es un espacio para:

  • Entender patrones: ver cómo nos comunicamos y por qué repetimos los mismos errores.
  • Aprender herramientas: negociar límites, expresar necesidades y escuchar sin atacar.
  • Tomar decisiones informadas: decidir si seguir en pareja, cambiar la dinámica o separarnos con respeto.
  • Proteger a la relación: intervenir antes de que el daño sea irreparable.

Cómo saber si es el momento de ir al psicólogo de pareja

  • Si reconoces dos o más de las señales anteriores y el malestar afecta tu bienestar diario.
  • Si has intentado hablar y no lográis cambios sostenibles.
  • Si la relación te genera más ansiedad que apoyo.
  • Si quieres salvar la relación, pero no sabes por dónde empezar.

La terapia es un proceso: no hay soluciones mágicas, pero sí pasos prácticos.

Si te sientes identificado/a con alguna de estas señales, no lo minimices. Pedir ayuda no es rendirse: es apostar por la relación o por tu bienestar personal con responsabilidad. La crisis de pareja puede ser una oportunidad para crecer, aprender a comunicarnos mejor y decidir con más claridad.

¿Hablamos?

¡¡Hasta pronto!!




Viaje al Roncal – Encuentro en el tren

El tren serpenteaba entre montes y prados hacia el Valle del Roncal. José Luis, profesor de primaria, miraba por la ventana como si el paisaje pudiera borrar algo que llevaba dentro. Patricia, médico de familia, hojeaba un folleto turístico con manos que no dejaban de temblar. Se sentaron frente a frente por casualidad; el vagón olía a café y a lluvia reciente. Un silencio incómodo se rompió cuando Patricia, sin proponérselo, dejó escapar una risa corta que José Luis reconoció como la de alguien que intenta contener algo más profundo.

-¿Va al valle por trabajo o por descanso? – preguntó José Luis, con volumen bajo-
– Por descanso, creo -respondió Patricia – Aunque a veces el descanso se parece demasiado a la huida.

Ambos sonrieron sin ganas. El tren siguió su curso y, como si el paisaje obligara a la confesión, empezaron a contarse.

José Luis mirando la mayor parte del tiempo a sus propias manos, al suelo o por la ventana del tren. Inicio su relato, recordaba una tarde de otoño en la que, cansado y sin paciencia, reprendió a un alumno delante de toda la clase. Había confundido una broma con una falta grave y, en su enfado, humilló al niño. Días después supo que el chico había dejado de hablar en clase, que sus notas cayeron y que su madre había llorado en el pasillo del colegio. La imagen de la madre, con los ojos enrojecidos, se le quedó pegada al pecho. Desde entonces la vergüenza le decía que no era digno de enseñar; la culpa le recordaba que su voz había hecho daño.

José Luis aprendió a esquivar. Evitaba reuniones con padres, delegaba las conversaciones difíciles en otros profesores, cambiaba de tema cuando un alumno mostraba tristeza. En casa, evitaba mirar las fotos de la escuela; en el recreo, se quedaba en el despacho hasta que el timbre lo obligaba a salir. La evitación le daba una calma aparente: menos confrontaciones, menos riesgo de repetir el error. Pero también le aislaba.

Las pequeñas omisiones -no llamar a la madre para disculparse, no pedir ayuda- se convirtieron en una red que lo atrapaba.

Ese comportamiento estaba teniendo sus consecuencias, que alejaban a Jose Luis de disfrutar de la profesión con la que siempre se había identificado. La distancia que creó para protegerse terminó por agrandar la herida. Los alumnos notaban su frialdad; algunos padres lo veían como alguien distante; él mismo se veía como un hombre que había perdido la capacidad de reparar. La vergüenza se alimentaba de su silencio; la culpa, de su inacción.

Patricia de forma pausada y un volumen bajo, relató también parte de su historia inmediata, le dijo que no paraba de sobrepensar, le contó su último “dolor de cabeza” con todo lujo de detalles a ese desconocido que tenía delante, a Jose Luis. Patricia llevaba años en la consulta de un pueblo cercano. Una noche, una paciente con dolor abdominal volvió a urgencias y, por una cadena de decisiones apresuradas y un diagnóstico erróneo, la paciente sufrió complicaciones irreversibles que pudieron haberse evitado. Patricia no solo sintió culpa por la decisión clínica; sintió vergüenza porque, en su interior, la medicina era su identidad y había fallado a esa identidad. La culpa la perseguía en guardias, en sueños y en la mirada de sus colegas de profesión.

En lugar de olvidarse y esquivar la situación, Patricia se lanzó contra el problema. Confrontó protocolos, exigió revisiones, discutió con compañeros y con la dirección del centro. Su voz se volvió dura; su tono, cortante. A veces la agresividad era una armadura: si atacaba primero, no tendría que sentir la humillación de ser señalada. Llevó su culpa a la acción: pidió cursos, revisó historias clínicas, se ofreció a liderar cambios. Pero la confrontación también quemaba relaciones. Algunos la admiraban; otros la evitaban por miedo a su reproche.

Su comportamiento también tuvo sus consecuencias que ahora retumbaban en su cabeza y la hacían rumiar de modo constante. La agresividad le había dado control y, a ratos, alivio. Sin embargo, dejó a Patricia sola en muchas batallas. Sus colegas la percibían como implacable; sus amistades, como alguien que no sabía bajar la guardia.

La vergüenza seguía ahí, porque la culpa no se apaga con la acción: se transforma y exige una reparación que no siempre llega.

Conversación en el vagón

Se contaron episodios con la precisión de quien repasa una herida para entenderla. José Luis habló de la madre en el pasillo, de las noches en vela, de cómo evitaba las tutorías. Patricia habló de la guardia, del informe que no escribió a tiempo, de la mirada de la paciente en la que creyó ver reproche.

—Yo me escondí —dijo José Luis—. Pensé que, si no hablaba, el daño no sería mayor. Pero el silencio lo hizo más grande. —Yo me lancé —replicó Patricia—. Pensé que, si cambiaba todo, la culpa se iría. Cambié cosas, pero la culpa encontró nuevos rincones.

Hubo un momento en que la conversación dejó de ser relato y se volvió espejo. José Luis reconoció en la agresividad de Patricia una forma de valentía que él no tenía; Patricia vio en la evitación de José Luis la ternura de alguien que teme volver a herir.

El tren llegó a la estación del Roncal. El aire olía a hierba húmeda y a pan recién hecho. Antes de bajar, se quedaron un instante en el andén, con las mochilas al hombro.

—No sé si esto cambia algo —dijo José Luis—. Pero hablarlo ha sido menos pesado que guardarlo. —A mí me ha pasado lo mismo —contestó Patricia—. A veces la confrontación necesita un oído que no responda con juicio.Se despidieron con un apretón de manos que fue más que cortesía: fue reconocimiento. No hubo soluciones mágicas. José Luis no dejó de evitar por completo, pero prometió escribir una carta a la madre del alumno, una carta donde explicara, pidiera perdón y ofreciera reparación. Patricia no dejó de confrontar, pero decidió acompañar a la paciente en las revisiones y pedir una reunión con el equipo para hablar sin acusaciones.

El valle los recibió con su calma antigua. Caminando por la senda, cada uno cargaba sus emociones, pero con un peso distinto: menos secreto, menos soledad. La vergüenza y la culpa seguían presentes, como sombras al atardecer, pero ya no eran cadenas invisibles; eran señales que, por primera vez en mucho tiempo, sabían cómo mirar.

Para ambos ese “Viaje al Roncal” fue el primer paso antes de ponerse a trabajar sus sentimientos de culpa y vergüenza y sus mecanismos de defensa y afrontamiento




Parte I: Las raíces invisibles del vínculo y la lesión de apego

El apego es la necesidad biológica y evolutiva más profunda del ser humano: la búsqueda de seguridad, refugio y protección en otra persona. Durante la infancia, la forma en que nuestros cuidadores principales responden a nuestros llantos, miedos y necesidades de afecto esculpe nuestro cerebro y determina nuestra forma de relacionarnos en la etapa adulta.

Cuando esa respuesta es inconsistente, fría o impredecible, se genera una lesión de apego. Esta herida psicológica altera nuestra brújula relacional y suele empujarnos a dos extremos defensivos para sobrevivir al dolor del desamparo:

  • El apego ansioso-ambivalente: El miedo constante al abandono. Quien lo padece busca hiperactivar el vínculo, persigue la atención del otro, tolera dinámicas dañinas por terror al vacío y suele olvidarse de sus propias necesidades con tal de no ser rechazado.
  • El apego evitativo: El miedo a la intimidad y a la dependencia. Quien lo sufre aprende que pedir ayuda es peligroso y que otras personas NO son una fuente segura de consuelo. Por ello, levanta muros, se refugia en una autosuficiencia extrema y huye cuando la relación exige compromiso.

La sanación de estas lesiones no implica borrar el pasado, sino desarrollar un apego seguro. Este se logra en la etapa adulta con trabajo y confianza en el proceso (y en el/la profesional que te acompaña).

Esto se logra a través de la autoconciencia y la capacidad de regular las propias emociones, permitiéndonos bajar la guardia para vincularnos desde la libertad y no desde la carencia.

La siguiente historia es el reflejo de ese viaje de retorno.

Una historia de apego (I) Reencuentro de Mati y Gema

El olor a salitre y el aroma a azafrán del arroz inundaban la terraza. Entre ellas, la paella reposaba en el centro de la mesa, un puente de hierro y arroz del que ambas comían directamente con la cuchara, compartiendo el mismo espacio después de una década de silencio. De fondo, las notas perezosas de un saxofón de jazz se mezclaban con el batir rítmico de las olas. Gema sostuvo su copa de vino, observando cómo la luz del atardecer teñía de dorado el rostro de Mati.

– Hacía tanto tiempo que no compartíamos algo así -rompió el hielo Gema, dejando que el vino blanco refrescara su garganta-. Comer de la misma paella… me recuerda a cuando éramos niñas. Aunque entonces todo se sentía más caótico.

Mati sonrió de medio lado, una mueca cargada de una melancolía que Gema reconoció al instante.

– En nuestra casa el caos era la norma, Gema. Nunca sabíamos qué versión de mamá nos iríamos a encontrar al volver del colegio. Si la madre cariñosa o la que se encerraba en su cuarto a oscuras.

Esa frase abrió la compuerta. El ambiente de relax no disminuyó, pero la conversación se tiñó de gran honestidad, y todo frente al mar, su mar.

– Yo me convertí en tu sombra porque tenía pánico a que tú también te desvanecieras -confesó Gema, mirando fijamente los granos de arroz en la cuchara-. Desarrollé una necesidad constante de saber que estabas ahí. Si te ibas a jugar con tus amigas, sentía un vacío en el estómago. Supongo que mi forma de apegarme fue esa: volverme ansiosa, buscar tu aprobación, intentar ser perfecta para que nadie me abandonara.

Mati dejó su cuchara y miró al horizonte, donde el azul del agua se fundía con el cielo.

– Y yo hice justo lo contrario -suspiró Mati-. Tu insistencia me asfixiaba, Gema. Cuando mamá no estaba disponible, aprendí que depender de alguien era peligroso. Mi herida de apego se tradujo en levantar muros. Me volví evasiva. Por eso me marché tan lejos, por eso dejé de llamar. Creía que, si no necesitaba a nadie, nadie podría hacerme daño. Mi distancia no era porque no te quisiera, mi distancia fue mi escudo protector.

Gema sintió una punzada en el pecho, pero no de rabia, sino de una profunda comprensión. La lesión de apego de su infancia, provocada por ese hogar de afectos impredecibles, las había empujado a polos opuestos: una persiguiendo desesperadamente el vínculo, la otra huyendo de él para protegerse.

– Cuando te fuiste, dolió como una traición -dijo Gema con la voz rota por un segundo, buscando la mirada de su hermana-. Sentí que nuestra historia se rompía del todo. Esa fue mi verdadera lesión.

Mati alargó la mano por encima de la mesa y, por primera vez en años, rozó los dedos de Gema.
– Lo sé. Y lo lamento profundamente. Tardé mucho tiempo en entender que mi independencia era solo miedo disfrazado de fortaleza. Estar aquí hoy, frente a este mar, es mi forma de decirte que ya no quiero seguir huyendo.

El rumor del mar parecía asentir ante las palabras de Mati. Gema tomó un sorbo de vino, dejando que la calidez del líquido disipara la tensión del momento, y miró a su hermana con una curiosidad genuina, despojada de los viejos reproches.
– ¿Y cómo lograste bajar la guardia, Mati? -preguntó Gema con suavidad, dejando la copa sobre la mesa-. Porque vivir detrás de un muro cansa, pero derribarlo da pánico.

Mati esbozó una sonrisa cansada y asintió,

– A base de golpes, Gema. Mi punto de inflexión fue mi última ruptura de pareja. Cuando vi que volvía a empaquetar mis cosas y a huir a la primera discusión, me asusté. Me di cuenta de que mi libertad era una cárcel de absoluta soledad. Busqué ayuda profesional. Mi terapeuta me enseñó que mi desapego no era autonomía, sino un mecanismo de defensa aprendido en la infancia. Tuve que aprender a mimarme a mí misma, darme ese amor de madre que nunca tuve…. O nunca tuvimos . no sé…… tuve que aprender a abrazar a esa niña asustada que creía que pedir ayuda era sinónimo de debilidad. Sanar para mí significó entender que la vulnerabilidad no te destruye, sino que te conecta con los demás.

Gema escuchaba atenta, conmovida por la transformación de su hermana.
– Es curioso -comentó Gema, con la mirada perdida en las burbujas de su copa-. Caminamos por caminos opuestos para llegar al mismo lugar. Mi proceso de sanación fue al revés: yo tuve que aprender a quedarme sola.

– ¿Tú sola? Si siempre estabas rodeada de gente —intervino Mati, sorprendida.

– Sí, pero rodeada por terror al vacío —explicó Gema con una risa amarga—. Mi herida ansiosa me hacía saltar de una relación a otra, tolerando desplantes y olvidándome de mis propias necesidades con tal de que no me dejaran. Sanar implicó cerrar la puerta al ruido exterior. Tuve que aprender a sostener mi propia ansiedad sin proyectarla en los demás. Descubrí que el mundo no se acaba si alguien se aleja, y que mi valor no depende de cuánto me necesiten los demás. Aprendí a darme a mí misma la seguridad que siempre le mendigué a los demás.

Mati la miró con profunda admiración. Alargó la mano hacia la paella y tomó el último bocado de arroz con la cuchara, sonriendo.
– Mira dónde estamos ahora. La ansiosa aprendió a sostenerse sola y la evasiva aprendió a abrir la puerta.

– Y lo mejor de todo —concluyó Gema, chocando suavemente su copa con la de Mati bajo los últimos acordes de jazz del atardecer— es que ya no nos vinculamos desde la carencia o el miedo, sino desde la libertad de querernos bien.

La frase quedó suspendida en el aire como una nota larga, casi luminosa. Y las dos sonrieron, no por obligación, sino porque algo dentro de ellas se había recolocado por fin.

El camarero se acercó en silencio para retirar la paella limpia, dejando sobre la mesa un par de cafés que humeaban bajo la brisa del anochecer. La música de jazz bajó de intensidad, dando paso al sonido nítido y constante de las olas rompiendo contra la arena, ya oculta bajo el manto oscuro de la noche.
Gema se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frescor nocturno, pero con una calidez interna que no había sentido en décadas. Miró a Mati, que contemplaba el parpadeo lejano del faro sobre el agua.

– Teníamos que venir al mar para entenderlo -dijo Gema, rompiendo el pacífico silencio-. El mar nunca se queda quieto, va y viene, pero siempre regresa a la orilla. Como nosotras.

Mati apartó los ojos del horizonte y miró a su hermana, esta vez sin escudos, con los ojos brillantes y una sonrisa plena.

– La diferencia es que ahora ya no le tenemos miedo a la marea -respondió Mati, extendiendo su mano sobre la mesa de madera.

Gema la tomó con firmeza. El cruce de sus manos no fue un agarre desesperado ni un intento de retención; fue un pacto silencioso de presencia, un puente tierno y sólido tendido sobre los años de ausencia. Dejaron el dinero sobre la cuenta y se levantaron juntas, caminando a la par hacia la salida del restaurante, listas para caminar el resto del camino sin prisa, sin miedo y con el apego seguro que tanto les había costado construir.

A la mañana siguiente, decidieron desayunar juntas. Sin prisas. Sin expectativas. Sólo ellas.




Parte II: Una historia de apego: Desayuno de Mati y Gema

El sol de la plaza se colaba entre las hojas del árbol donde, de niñas, habían hecho pactos que creían eternos. Gema y Mati caminaron despacio, como si el pueblo les devolviera paso a paso aquello que la vida les había ido pidiendo prestado. La cafetería, ahora más clara y acogedora, olía a pan recién hecho y a conversaciones que no exigían explicaciones. Se sentaron en la misma mesa de siempre, pero la mesa parecía menos un lugar fijo y más un refugio que se renovaba con cada encuentro.
La cafetería de toda la vida seguía en la misma esquina de la plaza, pero ahora tenía un aire distinto: renovada, con madera clara, plantas colgantes y una música suave que mezclaba bossa nova con voces jóvenes del pueblo. La gente entraba y salía con naturalidad: caras conocidas que saludaban con un gesto, turistas despistados, vecinos que parecían formar parte del mobiliario. Todo era familiar y nuevo a la vez.

-Parece más pequeña pero más acogedora -comentó Mati, dejando la chaqueta en el respaldo de la silla
-Quizá somos nosotras las que hemos cambiado -respondió Gema, mientras removía el café.

Desde la ventana se veía la plaza donde habían pasado tantas tardes de infancia: los juegos, los secretos, los miedos que entonces parecían gigantes. El banco donde Mati lloró la primera vez que sintió que no encajaba. El rincón donde Gema se escondía cuando tenía miedo de decepcionar a todos. El árbol donde ambas se prometieron que siempre se tendrían la una a la otra… aunque luego la vida, como siempre, se encargó de poner distancia.

-¿Te acuerdas de cómo nos daba miedo todo? -preguntó Mati, con una sonrisa que mezclaba ternura y nostalgia-. El qué dirán, equivocarnos, no ser suficientes.
-Sí -respondió Gema-. Y ahora… ahora entiendo que esos miedos eran solo señales de que aún no sabíamos querernos. Ni a nosotras mismas, ni entre nosotras.

Se quedaron en silencio un momento, observando la plaza como si fuera una película que habían visto mil veces pero que ahora entendían de verdad.

-Lo que más me sorprende -añadió Mati- es que vincularnos desde la libertad no significa alejarnos. Significa que ya no nos necesitamos para tapar huecos, sino para compartir lo que somos.
-Exacto -dijo Gema-. Antes nos unía el miedo a perder a la otra. Ahora nos une la alegría de encontrarnos.
El camarero dejó dos tostadas recién hechas sobre la mesa. El aroma a pan caliente, a café recién molido y a mañana tranquila envolvió la escena como un abrazo.
-¿Sabes qué? -dijo Mati, mirando a su hermana con una serenidad nueva-. Me gusta esta versión de nosotras. La que recuerda sin dolor, la que entiende sin reproches, la que se acompaña sin exigencias.
-A mí también -respondió Gema-. Y me gusta que este pueblo, esta plaza, esta cafetería… nos vean así. Como si por fin hubiéramos vuelto a casa.

Brindaron con sus tazas, esta vez sin jazz de fondo, pero con la certeza de que algo profundo había cambiado. Que el miedo ya no era el idioma entre ellas. Que la libertad, por fin, había encontrado su lugar.

Gema pensó en la noche anterior, en la frase que había pronunciado casi sin darse cuenta: vincularnos desde la libertad de querernos bien. No era una consigna, era una práctica que había aprendido a golpes y a silencios. Recordó las visitas a médicos, las preguntas sin respuesta, la constante culpa que la había hecho “sentir pequeña”. Ahora, en la claridad tibia de la mañana, la culpa seguía ahí, pero ya no mandaba. Había aprendido a nombrarla, a sentarla a la mesa y a ofrecerle un lugar sin dejar que ocupara todo el espacio.

Mati miró a su hermana con la ternura de quien ha visto a la otra caer y levantarse más veces de las que puede contar. Pensó en los miedos de la infancia —el qué dirán, la sensación de no ser suficiente— y en cómo esos mismos miedos, con el tiempo, se habían convertido en brújulas que les indicaban dónde poner límites y dónde abrirse. La libertad que celebraban no era ausencia de miedo, sino la capacidad de elegir a quién dejar entrar y cómo hacerlo sin perderse.

Al salir, se detuvieron en el banco de la plaza. No hicieron promesas grandilocuentes; hicieron algo más sencillo y más difícil: se miraron con paciencia. Gema sacó de su bolso una pequeña libreta donde había ido anotando rituales y ejercicios que le habían dado alivio: respiraciones cortas para los ataques de ansiedad, pequeñas ceremonias/rituales para recordar a quien ya no estaba, listas de cosas mínimas para su autocuidado. Mati añadió una nota: encuentros mensuales, sin juicios, solo presencia.

El sol de la mañana se fue deshaciendo, se convirtió en una calma que no era resignación sino aceptación activa. Supieron que habría días en que la tristeza volvería con fuerza y otros en que la risa aparecería sin aviso. Supieron también que la libertad de quererse bien implicaba permitirse pedir ayuda, decir no, y celebrar los pequeños avances. El pueblo, testigo de sus juegos y de sus heridas, las vio marchar con paso más ligero, como si ese café en la plaza les hubiera devuelto algo que nunca debió perderse: la posibilidad de seguir siendo ellas, juntas y libres.

Al alejarse, Gema apretó la mano de Mati un segundo más de lo habitual. No era un gesto dramático; era un pacto silencioso: seguir caminando, aprender a sostenerse, y recordar que el amor puede ser refugio sin convertirse en prisión. La plaza quedó atrás, pero la sensación de hogar las acompañó, discreta y firme, como una promesa que no exige respuestas, solo presencia.

¡¡Hasta pronto!!




¡Hola, He Venido A Escucharme!

Si, si…has leído bien el título del post, permíteme que insista en este tema tan importante para las relaciones personales en la familia, con los amigos, en el terreno laboral y/o con los clientes.

Al final del camino pasamos demasiado tiempo escuchándonos y poco tiempo escuchando a los demás. Sin embargo, nuestro tiempo en interacción con otras personas suele ser muy amplio… entonces ¿qué es lo que hay que mejorar?

Si no sabemos escuchar atentamente y de modo empático es imposible tener relaciones sanas con los demás ¡¡y muy difícil estar bien con nosotros mismos!!

Hay toda una sintomatología que nos delata y nos asigna una valoración “NM”: Necesita Mejorar”, necesita mejorar en esa gran habilidad que es la escucha atenta y empática.

Es habitual en mi profesión que después que una persona manifieste en el aula un “ESO YO NO LO HAGO” o “ ESO YA LO TENEMOS CLARO Y SUPERADO”, otros compañeros y compañeras se giren sobre la persona que lo ha dicho y tras unas sonoras y simpáticas risas hagan recular a quién lo dijo (esto si es un grupo con buen clima, que se lleva bien; si no existe buen clima,  se da el silencio  y cruce de miradas de complicidad y sorpresa…)

Tenemos unos procesos de escucha pobres o muy pobres….

Te pongo un ejemplo de conversación reciente:

Persona 1: ¿Ya sabes dónde os vais el puente?

Persona 2: NO… no lo tenemos claro todavía….

P1: recientemente yo estuve en un pueblo de Málaga que me gustó mucho. Fuimos con unos amigos, lo pasamos genial……bla, bla, bla…. 

P2: (PENSANDO: …. Ya he estado en Málaga 10 veces…. pero en fin…)..

P1: bla, bla, bla,…………… si quieres te paso la información y reservas donde fuimos nosotros. Te gustará!

P2… bueno ya te diré…. NO, ya… ya conozco Málaga…

Te invito a que saques tus propias conclusiones:

¿Cuántas veces te encuentras cambiando de tema bruscamente porque no te interesa mucho lo que te cuentan?

Y también ¿en cuántas ocasiones miras el móvil a ver si te entra un was mientras te están hablando?

¿Cuál ha sido la última vez que una persona te estaba empezando a contar algo que le había sucedido y sin pensarlo, de modo ágil pero inconsciente, le has acabado contando tu última aventura?

¿Usas habitualmente los monosílabos como prueba de que estás escuchando activamente?

¿Sueles hacer preguntas a la persona con la que conversas para que te amplíe su información?

Hay muchas personas que ya sabes lo que te van a contar….

En un Restaurante con familia ¿hay un momento donde empiezas a escuchar más a las personas de las otras mesas que a tus comensales?

¿Tu postura corporal al escuchar es recta y facilita la atención?

¿Miras a las otras personas cuando te hablan?

Hasta muy, muy pronto!

Ya sabes, si te ha gustado comparte!!




¿Atención Al Público O Excelente Experiencia A Tu Cliente?

“Tiene el corazón razones que nadie sabe explicar”, así suena el estribillo de esa gran canción “Sin ti no puedo vivir”, escrita e interpretada magistralmente por uno de nuestros granadinos más célebres ya desaparecido, Carlos Cano.

Está demostrado que entre el 75 y el 85% de nuestras decisiones de compra las toma nuestro corazón.

Un cliente necesita de un servicio, de un producto que podemos ofrecer, que tenemos en nuestro catálogo o porfolio, pero no olvidemos que no somos los únicos, en un mercado tan global, la tecnología acerca y velozmente todo aquello que antes, hace unos años era lejano y casi imposible de conseguir. Por tanto, la decisión del cliente de a quién lo compra definitivamente será tomada “en función de su experiencia o de la experiencia que otros le cuenten”.

Hagamos sentir único al cliente desde el minuto cero, desde que le llamamos, decide asomarse a nuestra web o entrar por la puerta de nuestro establecimiento a pie de calle…. Hagámosle sentir importante.  Es fácil hacerlo, sólo tenemos que pensar en él o ella y no en nosotros o nuestro bolsillo. Sin olvidar que sin ese cliente/esa clienta no existiríamos!

Para sobrevivir en un mundo tan competitivo como el actual, las empresas hace ya tiempo que saben de la necesidad de desarrollar procedimientos y crear protocolos dirigidos a mejorar la experiencia del cliente, dirigidos a que su paso por nuestras instalaciones sea lo más agradable posible.  Si el cliente tiene contacto con nosotros, pero no le dejamos huella, su próxima compra la hará donde le venga mejor, sin embargo, si por el contrario, con nosotros se ha sentido especial, le hemos ofrecido una atención con gran valor añadido y si hemos superado sus expectativas, esto hará que seamos su primera opción para la próxima compra.

El bienestar y la felicidad son componentes indispensables para lograr un Experiencia Cliente que fidelice, son sentimientos que surgen como resultado de nuestras emociones, y también la insatisfacción y el malestar…

¿Cómo hacemos para mejorar la Experiencia del Cliente (Customer Experience) en nuestro punto de venta?, podemos empezar por tener en cuenta las siguientes claves:

  • Poner música ambiente (y volumen adecuado) en nuestro establecimiento.
  • Que la acogida de nuestro personal siempre sea con una sonrisa amable y un saludo cordial y cercano (no autómata). Entrenamiento adecuado en Atención al Cliente.
  • Que cada sección esté adecuadamente señalizada.
  • Que, si es necesario usar carro o cesta de compra, estén en número y condiciones de uso adecuadas (higiene y funcionamiento)
  • Que la atención telefónica sea amable, ágil y resolutiva.
  • Que el protocolo de Atención a quejas y devoluciones sea ágil y cercano.
  • Que todo el personal tenga sentido de pertenencia. Políticas de motivación, de horarios y comunicación del equipo.
  • Que los mandos se encarguen de que el personal conozca su producto y las diferentes políticas de la empresa. Entrenamiento en producto.
  • Que la distribución del género tanto en escaparate como en el espacio del punto de venta sea agradable a la vista y accesible fácilmente.
  • Que el personal evite corrillos, cuchicheos, comentarios y /o gestos corporales inoportunos.
  • Que al finalizar la compra exista una despedida tanto o más amable que en el momento de la acogida.
  • Que, si la clientela es habitual, se personalice el trato con su nombre o apellido.

Lanzo una recomendación (más fácil de implementar de lo que parece) dirigida a los responsables de contratación: está demostrado que la satisfacción laboral aumenta más de un 50% en aquellos equipos donde se tiene una flexibilidad de 20-30 minutos con la que terminar su jornada con el cliente de modo adecuado. Hay que recordar que hablamos de que queremos que los Sres. Pérez compren en nuestro establecimiento no sólo una vez sino de que su experiencia sea la mejor posible de entre los establecimientos en los que pueden elegir.

Toda empresa inteligente, grande o pequeña, debe invertir en mejorar la Experiencia Cliente en todas las vías por las que se hace presente ante sus posibles compradores/as.

Un saludo y hasta pronto.

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